EL ARTE EN INDIA Y TIBET – UNA INTRODUCCIÓN

Lic. Laura Podio

La frase inicial con que comienzan los tratados indios es “Ante todo el deseo de conocimiento”, pero este conocimiento no se refiere a lo discursivo, dialéctico, lógico.

El verdadero conocimiento es aquel que nos conduce al conocimiento de nosotros mismos y reconstruye el equilibrio perdido. Ese conocimiento es experiencia, porque un conocimiento al que no se adecue la acción no es positivo sino negativo: cuando el conocer no transforma la vida y no se realiza en ella, causa desarmonía.

El conocimiento torna a la persona madura para la iniciación, la que sirve para expulsar la ignorancia innata. La iniciación completa el camino del conocimiento, haciendo traspasar la certeza del conocimiento a la posesión duradera de la más tenaz experiencia.
También podríamos considerar al artista como colaborador en el proceso creativo.
Dios es la única fuente de creación, pero algunas criaturas pueden proporcionar a otras lo que necesitan y guiarlas hacia su destino más puro.
El arte es una creación en dos planos diferentes: una nueva formación del yo y la formación de un objeto. En cierto modo, el artista va elaborando con su arte su propia mitología individual, las imágenes recurrentes en su obra lo irán conduciendo a una identificación con el mundo o con cualquiera de sus partes, de una manera nueva.
Según la mitología que observemos el hombre tomará papeles dominantes o pasivos, así como la influencia del mundo material sobre él. Por ejemplo para los hindúes, el drama de la creación no es algo más que una puesta teatral, una representación que se transforma en innecesaria en cuanto se ha comprendido su mensaje, un juego divino, así como la parte femenina del Creador, su corporalidad “Como una bailarina detiene su danza al terminar su número, así procede la naturaleza una vez que se ha manifestado a la mente”. Los indios no han concebido la vida como una lucha entre el bien y el mal, la virtud y el pecado, sino como una oposición entre la conciencia luminosa y su contrario, la ilusión que ellos llaman “maya”. La historia de la religión hindú puede definirse como un fatigoso intento para conquistar la autoconciencia.
Hay otras visiones interesantes sobre el arte occidental, según el punto de vista tibetano, nuestras artes tienen un centro hueco, pues giran alrededor de una teoría de expresión puramente individual, sin tener en cuenta ni la estatura espiritual de la persona que está detrás de la expresión ni el valor que pueda tener para otros. Nuestras artes también pretenden convertirse en bienes que estimulan el deseo, y en inversiones, naturalmente tienen fuertes lazos de unión con la publicidad y la diversión. Semejantes actitudes con respecto al arte funcionan exactamente al contrario de los valores apreciados por la imaginación tibetana, que inspira a las artes que pretenden tener un uso específico y un beneficio espiritual para todos.
El arte y la imaginación budistas del Tíbet están llenos de brillantes estímulos a la inventiva. Las grandes artes usan su imaginería visual para representar lo que no puede ser visto, más que reproducir los hechos de cada día que pueden serlo.
El mismo principio que se utiliza en el mandala regula la construcción de los templos: cada templo es un mandala, y quien ingrese en él y cumpla con conocimiento puro el rito de circunvalación según las reglas prescriptas y visite en orden los recesos del Templo, recorre el mecanismo secreto del mundo, hasta transfigurarse en su lugar más sagrado, ya que al alcanzar el centro místico del edificio sagrado, se identifica con la unidad primordial.
Así podemos ver que en los fundamentos del pensamiento hindú y tibetano nada es tomado al azar o por separado de la espiritualidad. Todo aquello que hagamos será un instrumento, una herramienta para que logremos elevación espiritual.
Aquello con lo que nos vinculamos mayor cantidad de tiempo tiene que ser nuestro "sadhana", nuestro sendero y disciplina espiritual, por lo tanto desde esta visión, la realización o disfrute del arte deberá ser tomada con la profundidad de algo sagrado, ya que nos conecta con la Divinidad dentro nuestro.

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